A Foreman You Can Trust
by Felipe De La Hoz
Texto en español
Cada cuatro años, los comentaristas, periodistas y políticos angloparlantes perciben, como si por primera vez, que no existe tal cosa como un bloque electoral unificado de latinoamericanos en los Estados Unidos. Al igual que en Latinoamérica, estamos separados por orígenes nacionales, aún dentro de los cuales existen marcadas distinciones políticas, raciales y religiosas. Para los innumerables grupos que viven, trabajan y estudian en Estados Unidos, existen más diferencias, como tiempo de residencia, estatus migratorio, grado de “asimilación” a la cultura anglosajona y una serie de otros factores. Después de las elecciones del pasado noviembre, se acentuó esta fascinación dada la salaz narrativa de la conquista del voto latino por parte de Donald Trump.
Esta idea es un poco más compleja que la narrativa que se ha representado en los medios políticos— entre otras cosas, en ciertas áreas del país donde hubo movimiento hacia Trump se debió esto más al colapso del apoyo a los Demócratas que una ola nueva de votantes Republicanos—pero los números nos dicen que básicamente sí, los hombres Latinos especialmente se vieron influenciados por el movimiento político de MAGA, ayudado por cada vez más amistosos medios hispanoparlantes como Univisión.
Trump se ha dedicado en sus primeros cien días a los mandos del gobierno a destrozar a este a velocidad alucinante y de una manera que le ha resultado desconcertante a la población anglosajona pero hasta cierto punto familiar a la Latina.
Esto lo he tenido en mente al considerar un concepto que mi padre en algún momento llamó el deseo de muchos latinoamericanos de depositar autoridad en la figura absolutista del “capataz.” Siempre me resonó esta concepción por el hecho de que el capataz no es simplemente líder político ni militar, sino una figura que dirige con mano dura una desarrollo, en este caso una construcción social y política.
El capataz no promete que las cosas sean fáciles o cómodas, exactamente; él (y siempre será un hombre) te dirá algunos días que hay que levantarse temprano, quedarse tarde, dejar atrás ciertos placeres en función del cumplimiento de una cierta visión que hasta cierto punto compartirá con sus subordinados, pero que es para él saber en su totalidad. Es un disciplinario.
Es por esta razón que percibo que este apoyo podría ser irónicamente hasta más duradero y resistente aún así Trump se haya dedicado durante estos primeros meses de su mandato a una campaña abiertamente racista que ha resultado literalmente en Latinos arrestados sin causa, acusados de ser pandilleros y terroristas basado en evidencia inexistente, secuestrados y enviados a un gulag salvadoreño a pudrirse entre los miles más arrestados y desaparecidos por el autócratico presidente Nayib Bukele.
Inclusive, algunos latinos de primera, segunda o tercera generación en los Estados Unidos puede que se aferren más apretadamente aún a Trump para demostrar así su convicción, su merecimiento y su pertenencia en el club. Me recuerda al razonamiento que utilizan los padres que se niegan a enseñarle español a sus hijos con la idea de que esto de por sí los hará más merecedores del título de ser americanos de a de veras. Para ellos, el acto de rechazar el legado cultural y la solidaridad es de cierta manera un sacrificio necesario para aceptar las fortunas del nuevo hogar, una ofrenda crucial ante el altar de la asimilación protectiva.
Algunos se verán listos a volcar carros y buses en cuanto la caótica política de los aranceles comience a dejar vacíos los estantes de los supermercados y las jugueterías, pero siento que cierto subconjunto de los latinos trumpistas lo verán como los dolorosos ajustes que exige la visión del capataz, porque en últimas lo que promete es el premio más dulce de todos: la simplicidad. Una existencia libre de las exigencias y desorden de la autodeterminación colectiva y responsabilidad personal política en un mundo de atención quebrantada.
Hasta cierto punto no importa tanto que las decisiones del capataz estén bien racionalizadas o siquiera que tengan los efectos ideados o inclusive efectos positivos; lo que importa es que se tomen, como dirian los hombres jugando al dominó en las mesitas plásticas de la esquina, con los huevos. La determinación es lo que cuenta, el seguimiento del que conoce el camino, y si es que se equivoca, es una equivcación nuestra, conjunta, todos asegurados bajo la misma bandera.
Obviamente, ésta no es una idea particular a latinoamérica. En Europa, en África, en Oceanía han surgido sabores regionales de esta receta, cada uno con sus propios elementos socioculturales. Trump frecuentemente ha sido comparado al primer ministro Viktor Orbán de Hungría, que ha logrado una especie de carcomida de las instituciones de la sociedad civil y gobierno democrático, debilitándolas sin colapsarlas totalmente. Ha mantenido las fachadas externas del gobierno, la academia y la prensa mientras quedan por dentro huecas e incapaces de promover una visión compartida distinta de la sociedad húngara. Este es un golpe de una nueva era, manteniendo el cadáver momificado del estado civil como simultánea burla y defensa ante los sobrios reportes de su muerte.
En esto, no se parece a lo que nos habíamos acostumbrado los latinoamericanos en nuestros países, donde los golpes se hacen a lo bueno, marchando las tropas al palacio presidencial—o la legislatura, como lo hizo el mismo Bukele en el 2020. Por eso también algunos de los mismos Latinos que en algún momento han atribuído su migración al escape del autoritarismo han logrado racionalizar el trumpismo; esto no tiene exactamente el mismo aspecto a los descensos hacia la autocracia que hemos visto—además de ser difícil aceptar que la tierra prometida al fin y al cabo no es el lugar que se nos vendió.
En últimas, el paternalismo del machismo latino, la obsesión con el sufrimiento arraigada en la dominancia cultural católica, las diversas humillaciones coloniales y sus prejuicios concomitantes han contribuido a una cierta inmadurez en nuestras sociedades latinoamericanas, quizás una de nuestras pocas identidades políticas compartidas. Hay un deseo de permanecer en una especie de infancia permanente aún así se mantenga al aspecto de una áspera autosuficiencia. La realidad es que todo esto es mucho esfuerzo. La autogobernancia no es fácil, ni es frecuentemente cómoda, y hemos aprendido que lleva consigo peligros para los desfavorecidos; la participación política no siempre es alentada ni bien vista por los gobernantes.
¿Quién no quiere una vida de comodidades simples? Tenemos en fin la tecnología, las herramientas para vivir sin las incomodidades de pensar a fondo en maneras que exijan acción y demandas a favor del cambio y la justicia. Esta ha sido la gran promesa del mundo globalizado y homogenizado: la existencia sin mucha fricción, en la cual las responsabilidades se delegan en lo posible. Para muchos, este es el comienzo y el fin del sueño americano, el poder prosperar bajo la segura autoridad del capataz, que se encargue para que nosotros no tengamos que hacerlo.
English text
Every four years, English-speaking commentators, journalists, and politicians realize as if for the first time that there is no such thing as a unified voting bloc of Latin Americans in the United States. As we are in Latin America itself, we are separated by national origins, within which there are starkly divided political factions, races, and religions. For the myriad groups living, working and studying in the U.S. there are still more differences, including length of residence, immigration status, degree of “assimilation” into Anglo culture, and a host of other factors. After November’s election, the sudden fascination was heightened by the irresistible narrative of Donald Trump’s capture of the Latino vote.
This idea is a bit more complex than the simple narrative portrayed in political media—among other things, in certain parts of the country where there was a shift toward Trump, it was due more to a collapse in support for Democrats than to a new wave of Republican voters—but the numbers do tell us that basically, yes, Latino men in particular were influenced by the MAGA political movement, bolstered by increasingly Trump-friendly Spanish-language outlets like Univisión.
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